VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

ORACIÓN

He aquí cómo Jesús nos cumple aquella su hermosísima promesa en el Sacramento del altar, donde con nosotros se halla de noche y de día. Pudiera Señor mío, bastarte el estar en el Sacramento sólo de día, cuando tuvieras en tu presencia adoradores que te acompañasen; mas ¿de qué te sirve hallarte allí también por la noche, en la cual los hombres cierran el templo y se retiran a sus casas, dejándote enteramente solo? Pero ya te entiendo: el amor te hizo prisionero nuestro; el amor apasionado que nos tienes te unió a este mundo de tal suerte, que ni de noche ni de día te consiente apartarte de nosotros. ¡Ah, Salvador amabilísimo! Sólo esta firmeza de amor debiera obligar a todos los hombres a acompañarte siempre en el santo sagrario, hasta que por fuerza los echasen de allí; y al ausentarse deberían dejar al pie del altar su corazón y todos sus afectos en obsequio del Dios humanado, que permanece solo y oculto en el Tabernáculo para mirarnos solícito y remediar nuestras necesidades y cuyo corazón, residiendo allí para amarnos espera el próximo día en que sus almas amadas vayan a visitarle.

Sí, Jesús mío, contentarte quiero. Te consagro toda mi voluntad y todos mis afectos. ¡Oh majestad infinita de mi Dios! Te hallas en este Divino Sacramento no sólo para estar presente y próximo a nosotros sino principalmente con objeto de comunicarte a tus almas amadísimas. Mas, Señor, ¿quién se atreverá a acercarse para alimentarse de tu Cuerpo?... O más bien, ¿quién podrá alejarse de Ti?... Te ocultas en la hostia consagrada para entrar dentro de nosotros y poseer nuestros corazones. Ardes en deseos de que te recibamos y gustas de unirte a nosotros. Ven, pues, Jesús mío, ven; deseo recibirte dentro de mí para que seas el Dios de mi corazón y de mi voluntad. En cuanto es de mi parte, Redentor mío carísimo, entrego a tu amor: satisfacciones, placeres, voluntad propia... todo te lo entrego. ¡Oh amor! ¡Oh, Dios de amor! Reina y triunfa enteramente en mí; destruye, sacrifica en mí todo cuanto sea mío, que mi alma, llena de majestad de Dios, después de haberte recibido en la santa Comunión, no vuelva a aficionarse a las criaturas. Te amo, Dios mío, te amo y para siempre y a Ti sólo quiero amar.

Jaculatoria. Atráeme con los lazos de tu amor.

Amén.